In 2000 we had just moved into our two flat in the neighborhood south of Hamlin Park in Chicago. We could only afford the worst house on the street, and we spent the next years gutting and rebuilding it. Our neighbors – a culturally diverse community of old timers – were grateful that we had replaced the drug dealers who had lived in our house. I would walk to and from the Paulina station to take the EL to work in the Loop and in the first couple of years, our neighborhood looked like where you could shoot a 30s or 40s era movie without making changes. Garages still had swing doors with ancient hardware. The siding of many buildings were sooty and wooden and asbestos-ed. Conduit and pipes and coal chute doors still hung heavily on the outside of ancient buildings.
And the sidewalks were ribbons of patches that were buckled and heaved by the roots of weed trees. Sometimes, while my wife and son – who had been born in 2000 to our house and its neighborhood – napped, my daughter and I would explore the streets. One day, armed with a disposable camera, we collected images of sidewalk stamps. Some were recent, but most were from long ago. The oldest was a 1938 WPA sidewalk around the old corner bar at Wolcott and Wellington. Along Hoyne and George, were elaborate stamps from the 40s and 50s.
We left our house and neighborhood and Chicago years ago. The old house that we lovingly restored has been torn down. The mansions of gentrifiers replaced the two flats, and the old sidewalks too disappeared, replaced by the straighter and colder and whiter surfaces that buried the remains of the wild weed roots that supported our old neighborhood in Chicago.
This then is our grainy, blurred record of one wonderful walk through time in a Chicago I miss dearly.
En el año 2000 acabábamos de mudarnos a nuestra casa en el vecindario al sur de Hamlin Park en Chicago. Solo podíamos permitirnos la peor casa en la calle, y pasamos los siguientes años reconstruyéndola. Nuestros vecinos, una comunidad culturalmente diversa de gente que habian vivido ahi por generaciones, estaban agradecidos de que hubiéramos reemplazado a los traficantes de drogas que habían vivido en nuestra casa. Caminaba hacia y desde la estación Paulina para viajar en tren EL a trabajar en el centro Loop y en los primeros años, nuestro vecindario parecía como si se pudiera filmar una película de la era de los 30 o los 40 sin hacer cambios. Garages todavía tenías puertas con henrrajes antiguos. El revestimiento de muchos edificios era oscuro y de madera vieja. Los conductos y las tuberías y las puertas de la tolva de carbón todavía colgaban pesadamente en el exterior de los edificios antiguos.
Y las aceras eran cintas de parches – sacudidas y levantadas por las raíces de los árboles de malezas. A veces, mientras mi esposa y mi hijo, que había nacido en el 2000 en nuestra casa y su vecindario, dormían la siesta, mi hija y yo explorabamos las calles. Un día, armados con una cámara desechable, recogimos imágenes de sellos en la acera. Algunos fueron recientes, pero la mayoría databan de hace mucho tiempo. La más antigua fue una acera WPA del 1938 alrededor del antiguo bar en la esquina de Wolcott y Wellington. A lo largo de Hoyne y George, se elaboraban sellos de los años 40 y 50.
Dejamos nuestra casa, nuestro vecindario y Chicago hace años. La vieja casa que restauramos amorosamente ha sido derribada. Las mansiones de gentrificadores reemplazaron casi todo, y las antiguas aceras también desaparecieron, reemplazadas por superficies más rectas y más frías y más blancas que enteirran los restos de las raíces silvestres de las malas hierbas que sustentaban nuestro antiguo vecindario en Chicago.
Este es nuestro registro borroso de un maravilloso paseo por el tiempo en un Chicago que extraño muchísimo.

